Textos: Is 55, 10-11; Rm 8,18-23; Mt 13, 1-23

El evangelio de hoy presenta la parábola del Sembrador.  Jesús sale de la casa donde se hospedaba, se sienta a la orilla del lago, y la gente comienza a reunirse en torno a él.  Es tanta la multitud que se reúne, que Jesús se ve obligado a subirse a una barca para dirigirse a la gente que le escucha desde la orilla. 

Hay varios mensajes simbólicos en esta presentación. Jesús “sale de la casa”.  Para sembrar el evangelio hay que salir del confort y la seguridad de la casa. Hay que salir al encuentro con la gente. Y esto tiene sus riesgos y se requiere audacia.  Jesús “se sienta a la orilla del lago”.  Encontrarse con la gente, sin prisas, dedicando tiempo, compartiendo espacios, disfrutando la brisa de la mañana. El encuentro con Jesús es el comienzo de toda evangelización, de la Buena Noticia que recibimos. Jesús, también, espera a la gente para el encuentro. El saber esperar, sin atropellos, es parte del modo cómo Dios actúa en medio de nosotros. Cada cosa tiene su tiempo.

En la parábola, sale el Sembrador. El Sembrador sale con semilla propia, con semilla hecha vida en él. No siembra cosas, se siembra a sí mismo. Él mismo encarna la Buena Noticia y, por eso, puede sembrar vida en otros.  El modo de sembrar es importante. El Sembrador siembra arrojando la semilla al boleo. La semilla se esparce por todo el terreno: al borde del camino, entre las piedras y maleza, y en terreno bueno. El Sembrador no discrimina, no excluye a nadie. La semilla llega a todo el espacio, a todas las gentes por igual. Todos son importantes. Dios está presente y actúa en todo tipo de situaciones, en todas las personas, independientemente de su condición ética o religiosa.  

El Sembrador se preocupa por sembrar y, después, cosecha. Observa cómo se comporta cada porción del terreno. El del borde del camino no acoge la semilla y los pájaros se la comen, porque no entiende lo que representa la Buena Noticia.  La porción de terreno pedregoso no es capaz de alojar en profundidad la semilla, pues no es capaz de alimentar las raíces. Su entusiasmo inicial se transforma fácilmente en frustración ante las dificultades y contrariedades. La porción de terreno enmalezado no es capaz de poner orden ni prioridades pues las preocupaciones y los afanes de la vida, “la seducción de las riquezas”, sofocan a la semilla y al mensaje de la Buena Noticia. Finalmente, la porción de la tierra fecunda da buena cosecha, aunque en diversa proporción.

El Evangelio es fuerza de salvación y afirma fuertemente que es la hora de la esperanza. El Sembrador ha sembrado y sigue sembrando. Él no duda de que habrá cosecha.  Los frutos serán diversos, pero estarán presentes y seguirán viniendo.   Isaías, en la primera lectura, afirma claramente: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar… así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.

Nuestros ojos se han acostumbrado en los diagnósticos de la realidad, casi en exclusiva, a ver el mal en el mundo, lo que no está correcto. Los Informativos de los MCS y las redes sociales se concentran, con excesiva frecuencia, en los horrores y la maldad. Las buenas noticias no son noticia.  El cristiano debe de hacer frente a esta visión tremendamente sesgada de la realidad, e irse educando para ver la realidad con los ojos de Dios, para ver el bien en el corazón de las personas y en su actuar. Necesitamos ojos que aprendan a ver la acción de Dios en el mundo. Estos nuevos ojos para ver la acción de Dios es un don que debemos pedir. Nuestro Dios es un Dios que se implica en la realidad del mundo y de las personas. Tiene una presencia activa en medio de ellas.  

Es hora de sembrar con fe y unirnos a la acción de Dios. Nuestra vida cristiana cobrará sentido, si nos volvemos conscientes de cómo Dios trabaja en nosotros y en nuestra realidad. Es hora de acoger la semilla en nuestras vidas, de cuidar la porción de terreno que somos para volverla fecunda… El Evangelio invita fuertemente a la esperanza, que es tónica fundamental de los seguidores de Jesús.

TAREA

  1. Oración de Contemplación. Leer sin prisa, si es necesario una y otra vez, las lecturas de este domingo, en especial: Is 55, 10-11; Mt 13, 1-23.  Quédense en la palabra o escena donde encuentren gusto. Saquen conclusiones para sus vidas.

  2. Examinen sus vidas, las distintas porciones del espacio de sus vidas. La que está al borde del camino, lo que tienen de pedregal, lo que está enmalezado, lo que tienen como tierra fecunda. Presenten todas estas porciones de sus vidas al Señor para que disponga de ellas. 

  3. Nos revisamos: qué semilla de Buena Noticia sembramos como seguidores de Cristo, cómo la sembramos en la familia, entre las personas de nuestro entorno…

 

DEL  EVANGELIO DE MATEO (13:1-23) Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»   Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»  El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!  Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron. »   «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»